Se sentó, como ya venía siendo habitual en aquel incómodo sofá. El tacto de eskay le recordaba el motivo de su visita; era como si aquel material quisiera decirle: “sí, soy tu miedo, y me pego a ti, toda tu piel me pertenece, excepto aquella que se defiende de mi con esa estúpida ropa que llevas puesta. No te doy tregua, es mi naturaleza”.
Aguardaba, paciente como siempre, a que llegase su terapeuta. Hacía ya mucho que había perdido el camino, la dirección; hacía mucho que no encontraba en aquellos labios que le susurraban aquellos te quieros que, otrora, le hacían volar el motivo para sonreír; hacía mucho que había perdido la fe, a pesar de no haberla tenido nunca (cosa paradójica e incierta y, al mismo tiempo, tan real como el roce del oxígeno con sus pulmones).
Qué lejos le parecía estar de aquel momento en el que sonreía como un idiota, tan lejos… llegaba a parecer un sueño que se sabe que has tenido, pero que no recuerdas bien, y quieres hacerlo, porque en el eras feliz, pero te es imposible… la realidad, el despertador haciendo temblar tus tímpanos, la luz que se cuela por las pequeñas ranuras de la persiana, ese olor a café que viene de la cocina (donde alguien ya ha empezado el día), el ruido de la ciudad que se despierta y se pone en camino para cumplir con su labor… la vida que hay tras este ese cuarto te han alejado para siempre de ese recuerdo.
La felicidad tiene un sabor muy característico, uno que no se puede explicar. Le era familiar, lo había probado, sabía a que sabe cuando le pegas un mordisco y lo tienes en la boca, cuando dejas que se extienda hasta recorrer todas las partes de tu ser…
Mientras, en su cabeza sonaba aquella melodía en la que sonaban demasiadas notas agudas, como si a través de su sonido tratasen de gritar la tristeza, la rabia contenida, la más absoluta soledad y agonía de la persona que la escribió. Todas son notas menores, sostenidas y bemoles… un susurro que pasa a ser grito y termina siendo un tono de una voz muy tierna.
Primero un suave la, un valiente mi, un descarado fa y un olvidado do componen y se repiten en toda la pieza. Se la sabía de memoria, cada variación, cada palabra, incluso esa nota mal tocada que se cuela en la grabación por error y que se queda porque llega a ser una seña de identidad. 4 minutos y 19 segundos duraba su paz. Canción y persona se fundían en una mezcla de sentimientos y de intimidad. Es como si en aquellas palabras, que siempre eran las mismas, encontrase siempre una nueva forma de encontrarse a sí mismo, una nueva forma de emocionarse, de dejarse conocer… una forma más a cada reproducción de sacar todo aquello que llevaba dentro y no le dejaba continuar.
Con tranquilidad abrió la puerta. Al fin había llegado. Como siempre, saludó, y tras ello se dirigió a él y le preguntó cómo se encontraba; casi parecía un ritual, entonces llegaba su parte, y él, como siempre, le dijo que se encontraba mal, que entendía lo que le pasaba, entendía que un sentimiento tan grande paralizaba a un espíritu que se moría por dejar el cuerpo y recorrer este inmenso universo que nos rodea. Quería perderse en alguna playa virgen, en alguna estrella aún no descubierta, en alguna montaña que retase al cielo con su altura… Quería, pero no podía. No encontraba la forma.
Y allí estuvo casi una hora de su vida. Describiendo con temple su vida. Palabra tras palabra engendraban sus cuerdas vocales. Se sentía idiota, y mientras lo hacía, mientras contaba su vida como una si fuese una historia nacida de la imaginación y de las ganas de producir sentimientos en otros, se preguntaba qué hacía allí. La solución a su problema no estaba allí, entre esas cuatro paredes, en aquellas inútiles horas en las que se dejaba ganar por aquel dichoso sofá.
Acudía con una desesperación que se disfrazaba de ilusión. Malditos sentimientos, no es justo que estéis en mi, se decía. No es justo, aparecéis, os escondéis, jugáis con mi vida, con mis emociones, con mi sentido de la realidad; hacéis que no quiera tener este pequeño corazón que late a 240 pulsación por minuto bajo la fina camiseta.
Y salía de aquella consulta. Aquel lugar vestido con dibujos infantiles mal coloreados, que invitaban a ser pequeño por segunda vez en la vida, aunque en realidad le transmitía la sensación de ser una habitación en ruinas, una pared desconchada que se valía de aquellos dibujos para esconder su verdadera cara, una persona que era demasiado torpe, gandula y tacaña como para repararla o para contratar a alguien que lo hiciese por ella… y esa persona, esa persona era la encargada de ayudarle a encontrar el camino.
Cerró la puerta y se quedó con la espalda casi tocando la puerta. Era increíble, sabía que en ese lugar no estaba su respuesta, nadie podría ayudarlo, pero aún así, el simple contacto con aquel lugar le hacía sentirse a salvo. Al fin y al cabo, llevaba tres años de su vida regalando la profundidad de su ser a esas paredes que formaban el edificio que se había convertido en el hogar de su corazón, de su alma, de su estómago.
Casi sin darse cuenta, ya se encontraba en la calle; había bajado las dos plantas de altura a las que se encontraba y había recorrido el zigzag que le llevaba a la salida de forma automática. Se había sumergido tanto en su ser, que por unos cien pasos, se había dejado el cuerpo puesto en funcionamiento y la consciencia apagada.
Cuando se dio cuenta de que estaba en la calle, pudo notar como el sol corroía con avaricia las lágrimas que aún estaban en su rostro.
Tras sus inseparables gafas de sol se encontraba aquella mirada triste, aquellos ojos inyectados en sangre que tomaban un color rojo, casi enfermizo y repulsivo.
Sin pensarlo demasiado, empezó caminar más rápido a cada paso, hasta que se descubrió corriendo. Durante este arrebato se le cayeron las gafas, ahora no tenía escudo para protegerse. Podía haber parado su paso, regresar y agacharse a recogerlas, pero no tenía fuerzas para frenar y retomar su marcha, así que decidió emplear sus fuerzas en llegar a su hogar. Pasados 10 minutos, tuvo que pararse sin mayor espera; toda aquella cantidad ingente de nicotina que había consumido con avaricia años atrás (se recordó para sí: 2 años, 6 meses y 12 días. Cada día se acordaba de cómo era la sensación de aquella droga recorriendo su diminuto y castigado cuerpo. Cada día contaba, no solo por el recuerdo de aquella falsa sensación de tranquilidad y paz, también era la forma de recordarse que era capaz de luchar y vencer, pese a las tentaciones de desvanecer, pese a la fragilidad de la sensación de estabilidad. Podía. Puedo, se dijo), habían dejado en él un recuerdo en forma de consecuencia que aún no había conseguido vencer; intentaba caminar más rápido, llegar a correr, pero su cuerpo no le respondía. Aflojó el paso hasta convertirlo en un sereno paseo.
Aquellos ojos que se habían quedado sin escudo ahora podían ser vistos. Y contra todo pronóstico, dichos ojos no generaban compasión, no generaban pena, no generaban sentimiento alguno en las personas que se cruzaban con él durante su trayecto de vuelta a casa. Entonces lo comprendió: para el mundo ya no soy una persona, me he convertido en una sombra, en algo a evitar, en algo que hay que obviar si no quieres dejarte atrapar entre el dolor, la pena, el desconsuelo y la ansiedad. Sentimientos que se hacían persona en su ser.
Llegó a casa. No tenía fuerzas, se dejó caer sobre la cama sin mirar siquiera si había algo encima que pudiera herirle… pero, y aunque lo hubiese, las lágrimas que inundaban su rostro no le hubieran permitido atisbar nada de aquel frío lugar. Se metió bajo su plumón con la ropa puesta, ni siquiera las deportivas fueron excluidas de aquel festival de lágrimas, pensamientos de desesperación y soledad.
Tanteó, como pudo, aquella tableta de pastillas que siempre llevaba consigo, en su bolsillo izquierdo (había aprendido a poner orden a las pocas cosas en las que podía hacerlo). Sacó la tableta de su bolsillo, con las manos temblorosas, ahora todo su cuerpo era preso de la ansiedad. Puso el dedo sobre aquella pequeña celda que apresaba la pastilla y ejerció toda la presión que pudo, tras esto, consiguió liberar una pastilla, al fin consiguió sujetarla entre los dedos. Sin agua, no hacía falta, necesitaba sentirse con la boca seca, parece que así es más fácil reprimir las palabras de tristeza que viven en él.
Posó la pastilla bajo la lengua. Y así, y de aquella cómoda y destructiva manera, encontró la paz que no encontraba ya en ningún otro lugar. Cerró los ojos y dejó que los restos de lágrimas actuaran a modo de pegamento y, de un extraño modo, consiguiese fundir los párpados en una sola lámina de piel para proteger aquellos ojos por donde emanaba sin permiso la tristeza que moraba en su ser. No había en su cabeza más que el ruido residual que sus oídos y sus ojos querían enviar al cerebro, como queriendo decir: “vamos a apagar este armatoste, a recoger fuerzas, pero cuando tu reloj te ordene que es hora de despertar, vamos a seguir aquí. Puede que todo en tu vida se vaya sin avisar, incluso nosotros mismos podemos hacerlo, pero de momento estamos aquí, y cuando despiertes, seguiremos aquí. Aférrate a nosotros, a las partes que te hacemos ser para seguir adelante”. Ruido sensorial y el paladar blanquecino. Su respiración fue disminuyendo en su intensidad hasta convertirse en un sonido casi imperceptible. Su vida era una melodía muy triste que se iba apagando sin nada que se lo impidiera, ni siquiera aquellos besos que siempre se llevaba como última imagen a la mente antes de dormir… Ni siquiera aquella sonrisa que pintó una vez su vida de mil colores… Ni siquiera las palabras de ánimo que salían del corazón que su débil y pequeño interior había logrado tocar. Ruido sensorial y paladar blanquecino.


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