Todas las promesas lanzadas al infinito que
se esconde tras el futuro, ahí, tan presentes como mi piel o mis manos frías,
exigiendiéndome unas respuestas que ni siquiera puedo inventar.
No sé rendirme cuentas cuando trato de
exigirme las razones que he perdido.
He vivido tantos años tras el esférico,
soñando que el mundo era un balón y, sin embargo, no eran uno sino dos los
balones que iluminan mis pasos desde detrás de sus pestañas, solo que aún
camino a ciegas, viviendo como un habitante más en la caverna de Platón.
Y, supongo que sí, que en realidad las
cosas han acabado como tú dijiste: ahora estamos mejor, desde luego no más
feliz, pero si mejor.
Y, supongo que no, que por muy idílica y
romántica que fuese la idea de que fueras la persona, no cualquiera, que fueses
la persona de mi vida… no, no lo eras, si lo fueses te hubieran bastado mis
motivos para quedarte porque, créeme cuando te digo que, me he dejado más que
piel y huesos en esto.
Un poco más vieja y un poco menos ágil,
aunque tus golpes sigan doliendo igual. Parece como si sólo me dieses ventaja
para verme pelear un poco para luego perder por mucho.
El juego de la vida no da tregua, no se
para y si se para no se arranca a volver a empezar.
El miedo mirándome a la cara, respirando
sobre mi cuerpo, estremecido por el frío que rezuma la indiferencia que siento.
La coraza del guerrero que protege al que se muere por huir. Pero mientras eso
ocurre, en mi infierno se cuela un respiro en mis segundos.
Podría seguir jugando a eso, porque jugar
es lo que mejor sé hacer después de sobrevivir, como si fuera un instinto más.
No sé casi nada, pero sé que he cambiado.
He dejado de lado las sudaderas para hacer
hueco en mi armario a los jerséis.
He tenido que clasificar las zapatillas en serias y en informales.
Me he despedido de la luna para decirle
hola al sol, ganándole la partida al desfase horario que he vivido siempre con
este cuerpo.
Me he despedido de la informalidad de una mejor lo vamos viendo para recibir a
los te prometo que nos vemos luego.
He dejado de ser quien llega tarde por ser
quien se despierta media hora antes para ir perfumando el aire que le toca.
He dejado de volcar mi enmarañado pelo sobre
la cara para ir peinada según ha querido tornear el viento.
Y es que ahora soy la clase de persona que se mancha el cuello de la camiseta de maquillaje porque ya no soy la que salta
sobre los charcos.
He cambiado pero no ha sido por esto.
Cuando te rodeas de aire para respirar no
tienes más que ser libre.
A libertad saben mis días, aún cuando son tristes.